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#Yomequedoencasa: tu privilegio, no el de todos



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Fotografía: elsalvador.com

Una nota periodística informaba que el astro de futbol brasileño Neymar abandonó París hace unos días, sede de su equipo Paris Saint Germain, para pasar la cuarentena por la pandemia de coronavirus en su país natal. El millonario jugador tomó un vuelo privado para dirigirse a su lujosa mansión en Río de Janeiro, con alrededor de 10.000 metros cuadrados y valuada en no menos 9 millones de euros. La lujosa propiedad cuenta con helipuerto, dos piscinas, cancha de tenis, entre muchas más comodidades. Como otras celebridades, Neymar se tomó fotografías en su propiedad y las compartió bajo el hashtag #ficaemcasa y #stayathome (en español #quedateencasa) para apoyar las medidas de cuarentena tomadas alrededor del mundo.

Mientras el millonario jugador atraviesa su encierro en una jaula de oro, algunos kilómetros más allá de su propiedad, miles de brasileros empobrecidos viven hacinados en favelas y con limitado acceso a servicios básicos. Esta situación no es exclusiva del Brasil, sino que se ha convertido en un común denominador en América Latina y el Caribe.

Un foro del Banco Interamericano de Desarrollo (BID) del 2018, titulado “Vivienda ¿Qué viene?”, señalaba que un 75% de la población Latinoamericana vive en ciudades, donde hay un 6% de falta de viviendas. Además, no todos los latinoamericanos y caribeños tienen acceso a servicios básicos (9%), ni a saneamiento (15%) o a electricidad (4%). Por si esto fuese poco muchos viven en hacinamiento (6%), sobre suelos de tierra (6%) o con paredes y techos pobres (5%). El informe identifica como uno de los principales problemas la falta de acceso a crédito, la cual impide realizar mejoras en las viviendas. La dificultad para conseguir un crédito se explica porque al menos la mitad de la población en la región trabaja en el sector informal.

La economía informal es un problema creciente en Latinoamérica y el Caribe. Un informe del Banco Mundial del 2019 estima que en los países de economías emergentes el empleo informal alcanza el 70%, lo cual supone baja productividad, menor recaudación impositiva, y mayor pobreza y desigualdad. Esto significa que alrededor de 130 millones de habitantes en América Latina y el Caribe, de los cuales 27 millones son jóvenes, desarrollan sus actividades en el sector informal, por lo cual cubrir sus necesidades básicas de vida es una lucha diaria.

En este contexto, varios países de la región han decidido tomar medidas de cuarentena para frenar la expansión de la pandemia del coronavirus. Estas medidas implican el reciclaje del Estado policial, pues los gobiernos han desplegado policía y ejércitos en las calles, castigando incluso de manera penal a aquellos que no acaten la cuarentena. En casos como el boliviano, el control se ha extendido incluso hasta el internet, donde el gobierno ha ordenado hacer ciberpatrullajes ante la supuesta “desinformación” sobre la pandemia que tendría objetivos políticos.

La lógica de la cuarentena que los Estados nos han impuesto es bastante sencilla: quédate en casa para no contagiarte o contagiar a otros, caso contrario te castigaremos. Como podemos ver, los gobernantes exigen a la ciudadanía que se recluyan para combatir el coronavirus, pero guardan un silencio conveniente a la hora de explicar los motivos de la precariedad del sistema público de salud, la falta de recursos para los operadores de salud y del porqué no se tomaron medidas para prevenir la pandemia con anterioridad, a pesar de que ya se conocía el peligro del virus en China desde finales del año pasado. De hecho, epidemias como el dengue que afectaban a la región, causando cientos de muertes y poniendo en evidencia las limitaciones de la inversión estatal en salud, parecen haber desaparecido por arte de magia con la actual preocupación estatal por el coronavirus.

Además, varios Estados han utilizado la pandemia como excusa para aprobar medidas económicas impopulares, así como para contener la protesta social que amenazaba sus erráticos gobiernos (por ejemplo Colombia o Chile). En esta coyuntura, los gobiernos pretenden mostrar a la protesta social como doblemente ilegítima; ya no solo son llamados a la sedición, a la desestabilización, sino amenazas para la salud pública de toda la nación.

Lo más preocupante es la facilidad con la que muchos ciudadanos han asumido este agresivo discurso de la cuarentena, sin mencionar que han normalizado el establecimiento de un Estado policial. De esta forma, la única medida contra la pandemia es imponer, incluso a la fuerza, una cuarentena donde toda la población debe permanecer en sus domicilios, a pesar de que se ha sugerido que este tipo de medidas no necesariamente es única ni la más exitosa. Parece que en nuestro afán por protegernos aceptamos que se imponga a la fuerza una cuarentena sin que nos importe que la calidad de la vivienda de millones latinoamericanos es precaria, lo cual incluso puede contribuir a propagar el coronavirus y muchas otras enfermedades. Tampoco nos interesa que el 70% de la población trabajadora esté en el sector informal, lo cual significa que para ellos un día sin trabajar implica un día sin comer. Las clases medias y altas señalan con dedo acusador a quien no quiera auto aislarse para acatar el #yomequedoencasa, mientras que piden “mano dura” de sus gobiernos contra los infractores.

Una mirada por mis redes sociales muestra la distancia que aún existe entre el mundo virtual y la vida real. Muchos de mis contactos sugieren como “pasar” la cuarentena en casa con consejos que van desde lo creativo hasta lo excéntrico. Muchos recomiendan determinada película o serie en Netflix, otros la lectura del último libro de x autor, algunos rutinas de ejercicios, unos pocos meditar o pintar, y alguno por ahí probar con el “sexting”, es decir, el uso de las redes para compartir contenidos eróticos con conocidos. Quizás muchos de ellos tengan el privilegio de poder continuar con sus labores a través del “teletrabajo” o de tener ahorros que les permitieron aprovisionarse por un mes para atravesar el periodo de cuarentena, situación que ahora les permite mirar con paternalismo e incluso disgusto a aquellos que no acaten la cuarentena.


los gobernantes exigen a la ciudadanía que se recluyan para combatir el coronavirus, pero guardan un silencio conveniente a la hora de explicar los motivos de la precariedad del sistema público de salud Mario Portugal

Miles de trabajadores no tienen el privilegio de decidir que película mirar o cual libro elegir, muchas veces menos aún de presumirlo en redes, al no contar con acceso a internet. Para miles, la preocupación durante la cuarentena será preguntarse cómo obtener ingresos para comer mañana o pagar su alquiler a fin de mes, ahora que tienen prohibido salir a trabajar. Los subsidios que algunos gobiernos han ofrecido, solo son paliativos que no darán soluciones de fondo, especialmente luego de que la economía mundial sienta los efectos de la pandemia. Al contrario de lo que algunos tecno-entusiastas auguran, se prevé que el trabajo se precarizará aún más, especialmente para los más jóvenes.

Seguramente Neymar seguirá diciéndonos #yomequedoencasa, así como tantas otras personas que, en mayor o menor medida, gozan de una situación de privilegio durante la pandemia de coronavirus. Antes de hacer esta recomendación, debemos recordar que hay miles de personas que se ven impelidos a romper con la cuarentena no tanto por capricho, sino por necesidad de sustento. La pobreza es una epidemia con muchas más víctimas que el coronavirus.

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