• Yuri F. Tórrez

Peligros para el progresismo

por Yuri F. TÓRREZ | BOLIVIA

 

El tablero político en América Latina vuelve a girar hacia la izquierda con nuevos rostros tomando las riendas del Estado. No obstante, el autor nos señala los retos y las contradicciones que deben encarar los nuevos líderes.

La geografía electoral continental se tiñe de progresismo. Las victorias de este nuevo signo político/ideológico se convierten en un indicador del retorno que, a inicios del siglo XXI, se denominó “el giro a la izquierda”. Más allá del optimismo de esta vuelta del progresismo, hay consideraciones insoslayables para percibir las condiciones complejas donde arriban estos gobiernos.


En la mayoría de los casos, sea por fallecimiento, limitaciones constitucionales o razones políticas, los gobernantes progresistas de hoy ya no son aquellos líderes carismáticos de la primera ola que engendraron corrientes políticas en función a su imagen y semejanza: kirchnerismo, correísmo, lulismo o evismo.


Esta orfandad de esos líderes en la conducción de los gobiernos progresistas genera tensiones en las entrañas partidarias gubernamentales, en muchos casos provocando riesgos de escisiones, ya que si se produjeran sería un hándicap para las fuerzas conservadoras. No es casual, estas fuerzas en alianza con el establishment mediático, devenido en actor político, atizan el fuego, inclusive usando las fake news para sacar el mayor rédito a estas discrepancias internas del progresismo.


Una diferencia decisiva entre la primera y la segunda ola progresista es la fuerte polarización no solamente política, sino social, cultural y racial. Este rasgo contextual imposibilita, entre otras cosas, la construcción de hegemonías. Hoy, las posibilidades del progresismo, como sucedió en la primera ola, son más espinosas en su tarea de seducir a la clase media. Ésta se volvió más rancia, arrimándose ideológicamente al polo opositor al progresismo donde se destila racismo, xenofobia, machismo y otros demonios parecidos.


América Latina en la actualidad está altamente polarizada, lo que se traduce, por ejemplo, en las urnas. Un indicador sociológico son las segundas vueltas electorales, donde el electorado se divide a mitades. Ese comportamiento electoral luego se refleja en la representación política en los hemiciclos legislativos, donde se convierten en espacios políticos para que las oposiciones conservadoras tramen y ejecuten tramoyas desestabilizadoras para la democracia.


En este escenario de ausencia de un “centro político”, la extrema derecha como imán atrajo a la derecha más moderada, o sea, a la derecha más democrática. Los golpes de Estado que se pensaba eran parte de nuestros cachivaches, pero, hoy manos siniestras abrieron ese viejo baúl desatando el retorno de los demonios golpistas. De allí, el fujimorismo, el bolsonarismo, el macrismo y quizás el uribismo, no se alejan de estas salidas rupturistas.


Para procesar esta polarización política extendida a la propia sociedad por la presencia de grupos parapoliciales o paramilitares dispuestos a hacer rajatabla con la democracia, algunos gobiernos progresistas (el venezolano o el nicaragüense) optan, irónicamente, por senderos despóticos para contener a estas fuerzas de la extrema derecha.


El fin del boom de los commodities que posibilitó una bonanza económica para luchar contra la pobreza y la desigualdad, incrementando la legitimidad de los gobiernos progresistas en la primera ola, se agotó. Hoy, es un contexto económico desfavorable por la pandemia y la guerra. Finalmente, algunos gobiernos progresistas (argentino y salvadoreño) tienen que reparar los daños económicos atroces provocados por sus antecesores conservadores, cediendo, inclusive, al FMI, acarreando costos económicos y políticos. Entonces, mantener la esperanza, pero advirtiendo la espada de Damocles que cierne sobre el progresismo.

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