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LUCIANA JÁUREGUI: “el proceso electoral salda una coyuntura política crítica”

Luciana Jáuregui Jinés es una polítóloga y socióloga boliviana. Su más reciente trabajo se titula “Las Bartolinas y sus tres ojos (2019) donde analiza la transformación de la identidad política y el rol en la constitución del MAS-IPSP de la Federación Nacional de Mujeres Campesinas de Bolivia Bartolina Sisa (FNMCB-BS). Jáuregui ha participado de diversos espacios de análisis de la coyuntura política.

La Fanesca Política entrevistó a Luciana Jáuregui para obtener su análisis sobre el proceso electoral en Bolivia, el retorno del MAS con la victoria de la fórmula Luis Arce- David Choquehuanca, así como los retos que tendrá que enfrentar el nuevo gobierno en un contexto de polarización.

La Fanesca Política (FP): ¿Cómo evalúa el proceso electoral del 2020 en Bolivia?

Luciana Jáuregui (LJ): El proceso electoral boliviano ha sido en sus condiciones y en sus resultados histórico. Primero, porque se desarrolló en un contexto de recomposición del campo político como del propio MAS, en el que se jugaba la capacidad de resiliencia del proyecto político y de la estructura organizativa en el post-evismo. Aunque la contundencia de la victoria electoral del MAS no es menor, los resultados electorales deben leerse trascendiendo la lectura técnica centrada en datos y orientarse más a la reconfiguración de las coordenadas de la lucha política y de la correlación de fuerzas respecto al Estado.

Quizás uno de los elementos más relevantes sea que, tras la “revuelta de las pititas”, el MAS logró reapropiarse de la democracia, que había sido hasta ahora un baluarte discursivo que articuló y movilizó a la oposición. A su vez, el proceso electoral dio cuenta de que se truncó por segunda vez en el ciclo del “Proceso de Cambio” las proyecciones políticas de la oligarquía cruceña, que no logró articular un bloque social unificado que trascienda las fricciones corporativas y regionales, ni construir un proyecto político nacional. Entonces el proceso electoral salda una coyuntura política crítica que se remite al 21fF, un empate entre las fuerzas sociales confrontadas y reposiciona al MAS como el principal referente de la lucha política y de las dinámicas de articulación/oposición.

FP: Tras la renuncia de Evo Morales el 2019, muchos analistas auguraban el fin del Movimiento Al Socialismo (MAS) ¿Por qué el MAS obtuvo el 55% de los votos en estas elecciones?

LJ: Creo que hubo un consenso implícito entre los analistas convencionales que instituyó una línea de opinión contraria al MAS y cerró filas a lecturas políticas más diversas, que pudieran llegar a legitimar al MAS como fuerza política. Gran parte de esto se debe a que el relato del fraude cobró un efecto performático, que les hizo sobrevalorar la profundidad y la capacidad de irradiación de las movilizaciones “ciudadanas” del año pasado en la sociedad, así como menospreciar los procesos colaterales de recomposición no sólo del MAS, sino del bloque indígena nacional-popular.

La victoria del MAS se debió en lo inmediato a tres factores: el reposicionamiento de la cuestión económica como fruto de los efectos de la pandemia, que desplazó la línea de división ficticia de democracia/dictadura del año pasado e instituyó la certidumbre como un rasgo de la política económica de Luis Arce. El segundo fue el desastroso desenvolvimiento del gobierno de transición, en términos de gestión pública y de construcción democrática, que diluyó los discursos de corrupción y despilfarro anclados en el gobierno del MAS; a tiempo de generar rechazo frente a la política de miedo e intimidación. El tercero fue la capacidad de resiliencia del MAS, que gracias a su tejido social de tipo comunitario y corporativo logró sortear el desplazamiento del gobierno, la salida de Evo Morales, las pugnas internas, la persecución, etc., constituyéndose en un puntal de fortaleza del partido y en un nodo de irradiación para otros sectores afines.

FP: El excandidato por Comunidad Ciudadana, Carlos Mesa, afirmó hace unos años, y retomó durante su campaña, la idea de que hablar de Derechas e Izquierdas eran categorías “simplistas” y que estaban “obsoletas” ¿Cree que los resultados de la votación apoyan o desmienten su hipótesis?

LJ: Los resultados de la votación develan que la desigualdad está más vigente que nunca como factor central de distinción entre izquierda y derecha. Primero, en una dimensión redistributiva que, al calor de la crisis económica y de la pandemia, se constituye en un elemento movilizador que afianza la afinidad popular hacia el MAS y que atrae nuevamente a un segmento de la clase media ascendente que ha visto en peligro su movilidad social alcanzada en las últimas décadas.

Segundo, en términos de defensa de las conquistas de ampliación democrática, dado que los agravios identitarios producidos en el último año se encauzaron también electoralmente como resguardo de las políticas de representación y reconocimiento de los sectores populares, así como de los pueblos indígenas y campesinos. La dignificación también cuenta. La campaña de Carlos Mesa apuntaba a diluir las diferencias raciales y de clase en un proyecto político afín a la política de las identidades, que enmarca las desigualdades en términos de minoría, parcialidad y restricción culturalista, antes que de reconocimiento de su sustrato material y su posibilidad hegemónica de cambio. Aquello interpeló apenas a los colectivos “progresistas” de las clases medias, pero no alcanzó para recoger las aspiraciones políticas del bloque indígena popular, ni siquiera en sus disidencias con el MAS.

FP: Las anteriores elecciones y las útimas realizadas significaron el surgimiento de un electorado conservador, que utiliza la religión como orientador ético de la política ¿Son estos grupos fenómenos coyunturales o son actores que se consolidarán en los siguientes años?

LJ: Efectivamente, una de las novedades del proceso electoral del año pasado y de este año fue el reposicionamiento de la religión como “idea fuerza”, aunque tuvo más un carácter simbólico que político organizativo. Varios candidatos como Luis Fernando Camacho, Chi y Jeanine Añez lo utilizaron de modo instrumental para legitimar su reacción conservadora frente a los procesos de democratización impulsados por el feminismo, los colectivos LGTB, etc., apelando a la restitución del papel de la familia y la autoridad. Lo cierto es que sus efectos fueron menores que en otros países de América Latina, sobre todo porque en Bolivia las identidades políticas, socioeconómicas y étnicas prevalecen sobre las identidades religiosas. No es un dato menor que el porcentaje de votos del candidato Chi haya migrado en esta elección a favor del MAS. Es probable que la religión no sea un factor que determine las líneas del campo político, aunque seguramente se desplegará, ahora que es ya visible, para bloquear cualquier intento de reactivación de varias políticas que quedaron pendientes en el “Proceso de Cambio”, como la despenalización del aborto.

FP: ¿Cuáles son los principales retos del nuevo gobierno?

LJ: El primer gran desafío del gobierno de Luis Arce será lidiar con la crisis económica, en un contexto de declive de los precios del gas que menoscaban las fuentes de inversión pública y la política de bonos sociales, más considerando el decrecimiento que ronda el – 10%, la caída de cerca de un millón de personas a la pobreza y de medio millón más a la extrema pobreza, así como el desmantelamiento del Estado, fruto del gobierno de transición. Es probable que tenga un perfil más pragmático, abocado a la reactivación económica y a la solución de temas concretos.

El otro desafío es de orden político, debido a que se enfrenta a un contexto de polarización y radicalización de las fuerzas de oposición, que aún disminuidas en su representación parlamentaria y capacidad de acción, tendrán una capacidad de maniobra que tenderá a bloquear cualquier ofensiva del nuevo gobierno. Así, por ejemplo, para algunos temas relevantes el MAS precisará 2/3 en la Asamblea Legislativa Plurinacional, de los que ahora carece. A su vez, es probable que la unificación del bloque indígena nacional popular evidencie sus propias fisuras, producto de las disidencias internas y de las pugnas corporativas que siempre han caracterizado al MAS. Cabalgar sobre la tensión entre la gestión de gobierno y el poder popular es uno de los grandes retos.

FP: ¿Cuál es el rol de Evo Morales en el proceso de renovación del MAS?

LJ: La crisis de octubre del año pasado generó cambios no sólo en el campo político, sino en el propio MAS. Las pugnas históricas entre los “orgánicos” y los “invitados” se acentuaron y lograron reconfigurar las relaciones de fuerza internas y reposicionar el poder de las organizaciones sociales, que ya se puede apreciar en la composición de las candidaturas actuales que tienen un perfil mucho más orgánico. El papel de Evo Morales, como factor cohesionador y dirimidor, se desplazó a favor de un esquema de negociación mucho más abierto, pero igualmente disputado, que tuvo como resultado el binomio de Arce-Choquehuanca. Aquello no debe implicar subestimar el poder que Evo Morales aún preserva en el MAS, sobre todo porque dirige el núcleo duro del masismo: los cocaleros y genera fuertes lealtades entre otros sectores afines, capaces de generar corriente de opinión interna.

Quizás lo relevante es que lo que se agota es un modo de gestión de lo político de tipo centralizado, qué apertura una renovación de liderazgos y supedita, al menos de momento, el poder de los representantes al de las bases. El desafío del MAS es encontrar un lugar para Evo Morales, que reconozca su rol histórico, pero que lo neutralice como factor de división y de conflicto, y, sobre todo, ahuyente su fantasma entre las clases medias que le tienen animadversión e impiden su acercamiento al MAS.

FP: ¿Tendrá algún efecto la victoria del MAS en una posible recomposición de un bloque “progresista” en América Latina? ¿Cuáles serían los obstáculos?

LJ: Una de las tesis más difundidas en el debate político y académico fue la del fin del progresismo latinoamericano, debido a una comprensión quizás teleológica y etapista que reduce los ciclos políticos al carácter de los partidos de gobierno. La gran lección del caso boliviano es que nos insta a abordar la hegemonía de modo procesual y dinámico, ahondando en la correlación de fuerzas sociales, en los objetos específicos de la disputa política y sobre todo en el carácter relativo de las luchas por el poder. Empero, que el ciclo progresista no se haya agotado, no quiere decir que continúe siendo el mismo. Los desplazamientos de la izquierda del gobierno, muchas veces con amplia mayoría electoral como en Argentina o como fruto de la pérdida de la calle y la ruptura del orden constitucional, como en el caso brasilero y boliviano, exponen sus propias limitaciones y vacancias. Los impasses sobre la adopción de formas tradicionales de gestión del poder, o las propias paradojas de las políticas económicas de igualación por consumo vía profundización extractiva, se sedimentan como líneas de conflictividad y como puntal de recomposición de las fuerzas de derecha. El caso boliviano da cuenta que una cosa es el acceso al poder del Estado y otra la transformación del sentido común y la erosión de los factores de poder social de las élites.

En todo caso, el progresismo se enfrenta hoy al desafío de reactualizar su proyecto hegemónico, en función de las nuevas condiciones económicas que signa la caída de los precios de los commodities y la pandemia, así como de la profundización de la polarización y la restitución de la capacidad de bloqueo de las fuerzas de derecha. Esos son dos grandes obstáculos. Empero, con razón decía un profesor que la esperanza es en sí misma un factor movilizador, la victoria boliviana habla del potencial político popular y de la posibilidad de recomponer una constelación regional progresista, esta vez en condiciones adversas, estar a la altura es el desafío.

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