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Bolivia: Hambrientos de pan y democracia







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Yuri F. Tórrez

Imagen: wp.com

Desde el periodo prehispánico cuando se escuchaban aquellos sonidos producidos por los pututus eran señales celebratorias de rituales de sanación o retumbos de rebelión. Hoy, en medio de la pandemia, esos sonidos ancestrales, al tono de los cacelorazos y los petardazos en las urbes, nuevamente se oyen por doquier en el Norte de Potosí en protesta por el hambre en el decurso de la emergencia sanitaria y, también, para exigir: “Elecciones ya”.

Este gran pututazo de los ayllus del Norte de Potosí es señal del malestar de los hambrientos por pan y democracia. Al igual que la propagación del COVID-19, la indignación popular se extiende a barrios populares y comunidades rurales. Un contagio popular propagado en los territorios del hambre y la pobreza son gritos de protesta por la mala gestión sanitaria y económica del gobierno transitorio que condena a los pobres a un hambre punzante.

La movilización que encarnó esta indignación popular fue el conflicto en el botadero de Kara Kara, al sur de la ciudad de Cochabamba. Entre sus demandas de los movilizados a saber: una canasta de alimentos familiar y elecciones nacionales. Este conflicto fue instrumentalizado por el gobierno para estigmatizar a los vecinos de Kara Kara reproduciendo imaginarios raciales patentizados en discursos de las autoridades gubernamentales y en columnistas que se ocuparon de criminalizar/estigmatizar racialmente a los movilizados de Kara Kara.


Esa personificación del chivo expiatorio: masista, salvaje y violento anida en el imaginario de la clase media urbana. Yuri F. Tórrez

Entonces, la lógica binaria civilizado/salvaje fue acompañada, en el contexto del conflicto de Kara Kara, por otro clivaje: higiénico/contagioso proporcionando a este conflicto su propio matiz. Esos imaginarios raciales, otra vez, aparecieron tildando a los movilizados como culpables que la ciudad esté apestada por basurales y, en el curso de la presencia del COVID-19, se asociaba a la basura acumulada como un foco de infección para la salud de la “gente de bien” de Cochabamba. Obvio, el gobierno de Añez estaba buscando un chivo expiatorio quizás para arremeter con una estrategia discursiva/simbólica para inflar un ambiente de tensión que les posibilitaría tener una cortina de humo para distraer a la opinión pública de los casos de corrupción atroz que permea la actual gestión gubernamental.

Esa personificación del chivo expiatorio: masista, salvaje y violento anida en el imaginario de la clase media urbana. El gobierno transitorio, en el conflicto de Kara Kara, intentaba reactivar esos imaginarios raciales que fueron vitales para las movilizaciones urbanas de octubre y noviembre pasado. En rigor, esa construcción de ese fantasma masista que iba a invadir la ciudad, luego sirvió para generar una sicosis colectiva, hoy intentaban resucitarlo a ese fantasma devenido en un espectro apestado. El gobierno necesitaba de esta estrategia discursiva para recuperar a su base social: la clase media hoy desconsolada por el proceder corrupto gubernamental. Aunque, su subjetividad racista (sus prejuicios hacia los indígenas/campesinos) sigue latente.

Los movilizados de Kara Kara, sin embargo, se dieron cuenta que estaban ingresando en una trampa gubernamental y negociaron rápidamente para desactivar el conflicto vaciando de pretextos al gobierno de Añez, hoy a la deriva. Mientras tanto, el hambre sigue acechando a los más pobres. Para los hambrientos de pan y democracia, el establecimiento de un gobierno legitimado por vía del voto es vital para generar consensos con el propósito de enfrentar a la pandemia y al hambre. Quizás, por estas razones, los sonidos de los pututus siguen haciendo eco por dondequiera.

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